Domingo, 10 de Marzo: De encuentros y abrazos

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Cada vez me sorprende más la ingente cantidad de libros, tratados especializados, estudios psicológicos o elucubraciones teológicas que se han escrito (y se siguen escribiendo) en torno a la necesidad del perdón y la importancia de la reconciliación. Muchos de esos libros nos han ayudado a descubrir dinámicas enriquecedoras, nos han posibilitado crecer en el milagro humanizador del perdón, nos han dado pistas de cómo poner en práctica y vivir con profundidad ese nuevo recomenzar que tantas veces supone la reconciliación. Sin embargo, me sorprende todavía más que la gran mayoría de estos escritos y reflexiones se sustentan en un común denominador, casi todas las teorías y propuestas se dan la mano y miran al mismo punto de partida. Tesis, artículos, ensayos… casi siempre están fundados en la misma clave de bóveda. El fundamento originario, la raíz primera que da sentido y significatividad a aquello que hemos llamado perdón es la revolucionaria originalidad del Maestro de Nazaret.

A lo largo de todo el ministerio de Jesús podemos encontrar los matices que configuran su dinámica reconciliadora, pero si quisiéramos resumir en unos pocos versículos la quintaesencia del perdón que ofrece Jesús, si tuviéramos que exponer una síntesis de lo que él entiende y propone como reconciliación, creo que muchos coincidiríamos en apuntar a este bello relato lucano que hoy nos regala la liturgia. Lc 15, 11-32, el famoso relato del Hijo Pródigo, recoge el culmen del perdón con dos simples trazos, con dos sencillos gestos realizados por el padre de la parábola.

El primer gesto es el cosquilleo existencial que empuja al padre a salir fuera. La actitud del padre no es pasiva, no se queda a la espera cobijado entre las paredes de su casa, no hace de su alcoba un castillo hermético, no se resguarda en sus seguridades y comodidades, no esconde sus heridas y preocupaciones en un egocentrismo melancólico y depresivo, no vive en un conformismo apático e insulso. Por el contrario, la actitud de este padre es siempre despierta y en alerta, siempre ardiendo con un fuego interior que le empuja a salir, a otear el horizonte que se presenta siempre esperanzador, a abrir las puertas y ventanas por si la brisa de la tarde le regala un olor diferente, el olor del regreso, el olor del hijo esperado. El padre de nuestra parábola tiene un corazón inquieto que le mueve, le impele, le alienta, le libera de sus cadenas y ataduras. El padre siempre está dispuesto a salir al encuentro. No espera a que los hijos lleguen, él corre a buscarlos. No espera a que ellos llamen, él ya tiene la puerta abierta, el hogar cálido y la mesa servida. El gesto sanador del padre es salir de sí para ir a buscar al hijo y propiciar un nuevo y transformante encuentro.

El segundo gesto es fruto del primero, es la consecuencia lógica y necesaria. El padre narrado por Lucas sale al encuentro y se funde en un abrazo con el hijo. El abrazo del padre es oleo que calma el dolor de la ruptura, es ungüento que cauteriza las venas abiertas del pasado, es brebaje que reconforta cansancios y sufrimientos, es memoria viva que recuerda el lugar donde siempre se vuelve, es principio y fundamento, es donde todo acaba y donde todo empieza. El abrazo del padre es el sello de credibilidad que supera todas las barreras, que destruye todas las fronteras, que hace cercana todas las distancias, que vuelve efímeras las lejanías. El instante del abrazo es fugaz y eterno. El abrazo del encuentro es tan humano que se vuelve divino. Este abrazo es origen y meta del mayor perdón, de una nueva vida reconciliada.

Tú y yo estamos sedientos de esta dinámica reconciliadora. Tú y yo necesitamos mirarnos al espejo de la verdad descubriéndonos mendigos y donantes de perdón. Tú y yo podemos vivir este tiempo de Cuaresma como un peregrinaje a lo esencial y regalar encuentros y abrazos. Tan solo un encuentro desarma lo cotidiano, tan solo un abrazo lo hace todo nuevo. Al final lo importante se palpa en estos detalles, al final la fe se muestra en estos gestos, al final la vida se resume en encuentros y abrazos.

Manuel Ogalla cmf

Domingo 24 de Febrero: de montes y valles

De montes y valles

Jesús el de Nazaret articulaba la cotidiana originalidad de sus días, el ritmo ordinario de su tiempo siempre extraordinario, moviéndose entre dos puntos de equilibrio. El Maestro entendía su ministerio desde dos ejes de referencia, entre dos vectores que alentaban y sostenían su decir y su hacer. Dos enclaves geográficos van a dar forma a su misión y van a modelar la figura de su existencia.

En primer lugar sus subidas al monte. La cima de la montaña, un aprisco solitario, alguna cumbre acurrucada entre nubes, aquel altozano embajador de la tierra en las alturas… Jesús no entiende su vida si no es acompasada por sus largos tiempos en la escuela de Moisés y Elías, en la escuela de la montaña seducido por el susurro divino de la suave brisa. Desde el Tabor hasta el Gólgota, desde el monte de las Bienaventuranzas hasta el monte de los Olivos. El origen y meta del ministerio de Jesús se enraíza en el monte. Subir al monte es dejarse transformar a la escucha de la Palabra. Subir al monte es sinónimo de silencio orante, de discipulado existencial rumiando la voluntad de quien lo envía. El monte es el lugar donde se transfigura toda la existencia de Jesús, donde su vida se vuelve absolutamente transparente al Misterio, donde su rostro proclama la ternura desbordante de Dios, donde su corazón se inflama al saborear el amor de un Padre por su hijo.

No hay monte sin valle, no hay sierra sin vega, no hay altura trascendente sin llanura que humaniza. Es imposible hablar del Jesús orante en la montaña separado del Jesús atareado en el lago. El segundo referente en la existencia de Jesús es la orilla del mar de Galilea, el lugar donde encuentra suelo firme su honda experiencia de Dios. El lago de Tiberíades es sinónimo de sudor y fatiga, de compromiso y testimonio, de parábolas y milagros, de preocupaciones y satisfacciones, de familia y amigos. Si el monte transfigura el rostro, el valle configura las manos. Si el monte blanquea la ropa, el valle embarra las sandalias. Si en el monte habla a Dios de la gente, en el valle habla a la gente de Dios. Bajar a la llanura es participar de las alegrías y los sufrimientos de los vecinos de Cafarnaún; bajar a la llanura es compartir el sol abrasador de la labranza y el salitre que quema la piel en la pesca; bajar a la llanura es entrar en las casas y sentarse a la mesa.lago 3

Subir al monte y bajar al valle transfiguraba y configuraba la existencia de Jesús. Quizás nos toca también a nosotros, especialmente en este tiempo de Cuaresma, otear nuestros valles desde el monte y apuntar al monte desde nuestros valles. Quizás esta Cuaresma sea el tiempo privilegiado para dejarnos transfigurar por Dios y configurar por nuestros vecinos. Quizás sea este el momento de recordar que nuestra realidad como creyentes, que nuestra dinámica de fe, es vivir una historia de montes y valles.

Manuel Ogalla cmf

Kupupura, anunciar la Buena Noticia

Lc 3, 10-18. Kupupura, anunciar la Buena Noticia

A veces nuestro mundo clama por una mirada nueva y atrevida; pero quizás sean más las veces en las que nuestras miradas necesiten asomarse al balcón del mundo. Como el centinela del profeta Isaías, quizás sea éste el tiempo de abrir los ojos y mirar lo que esconde la noche. Periódicos, telediarios, notas de prensa, la radio, internet… todos los medios de comunicación nos describen un mundo sediento de paz y de justicia. Basta con echar un vistazo a nuestro alrededor para que nuestro estómago se estremezca, nuestra lágrima se rinda y nuestra voz se conmueva: Desempleo, explotación laboral, marginación, desestructuración familiar, abusos financieros, frustración y desesperación, violencia subliminal, sufrimiento escondido, soledad, frío, ¿vida? Muerte.

Quizás sea éste el momento de salir a la calle y dejar que la realidad nos desnude, nos desarme, nos duela. Quizás sea ya la hora de guardar analgésicos y armaduras, la hora de desinstalar escusas y comodidades, la hora de desterrar miedos e inseguridades, la hora de regalar una palabra diferente y un gesto nuevo entre tantas malas noticias. Es ya la hora de anunciar una verdadera Buena Noticia. A ti y a mí nos toca proclamar, testimoniar, predicar, contagiar, cantar, bailar la Buena Noticia del Reino, el Evangelio de la Esperanza, la alegría gozosa del Dios de la Vida. Esto es lo que encierra la preciosa expresión en shona kupupura. Esto es lo se atrevió a hacer aquel loco de la casa de Zacarías a quien llamaban el Bautista. Kupupura significa dar testimonio, compartir lo vivido, expresar una experiencia, transmitir lo que fluye desde los pies a la cabeza, dejar que la boca hable de la abundancia del corazón. Kupupura es encender a otros en júbilo de fiesta. Kupupura es ser, en el mundo que nos ha tocado vivir, una carta viva a los Filipenses; es dejar que nuestra mesura sea conocida hasta los confines de la tierra, porque es la mesura amorosa de Dios.

Ayer y hoy, en tiempos de Juan Bautista y en nuestro momento histórico, desde España hasta Zimbabwe, sigue habiendo publicanos que exigen más de lo establecido, fuerzas de seguridad que extorsionan y abusan de su autoridad, poderosos que acumulan con avaricia “túnicas” y “denarios”. Entonces y ahora, aquí y allí, nuestra misión es alzar la voz y dilatar la alegría de este Domingo Gaudete de Adviento. Nuestro sino es regalar una palabra diferente, una mirada cálida, un gesto fraterno, ser lugar de encuentro y fuego de hogar. A ti y a mí nos toca ser Evangelio para el mundo. A ti y a mí nos toca dar testimonio de Aquel que ha querido compartir nuestras noches y nuestros días, de Aquel que nos ha amado desde la desnudez del pesebre hasta la desnudez de la cruz, de Aquel que ha decidido no ser Dios sin ser tremendamente humano. Tu misión y la mía es asomarnos al balcón del mundo, pisar la tierra y el asfalto… y kupupura, anunciar la Buena Noticia.

Manuel Ogalla cmf

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Kurindira, estar despiertos

Lc 21, 25-28. 34-36. Kurindira, estar despiertos.

Como la gran mayoría de las culturas africanas, el pueblo shona se ha forjado al calor de la palabra. La tradición oral ha sido, para incontables generaciones, alma y aliento del imaginario colectivo; pluma y tinta de la sabiduría que brota de los desgarros de tierra y piel; memoria y proyecto que se funden en el ahora eterno de un fuego de hogar. Experiencia pronunciada, narrada, contada… historia verbalizada, vida hecha relato. El pueblo shona se ha forjado al calor de la palabra. Y entre las palabras sorprenden por su riqueza, su profundidad y su valor semántico, el océano inmenso de los verbos. En este país africano donde vivo y crezco, tan sólo un verbo puede resumir un maremágnum de sentimientos, describir la complejidad de un absurdo y desgranar hasta el extremo el menor de los detalles.

Por eso el corazón me empuja a intentar concentrar en un verbo la hondura que podemos admirar en cada domingo de este tiempo de Adviento. Espero con esperanza cristiana y confío con confianza de hermano que la pretensión de este deseo camine hasta Belén, querido lector, acompañado de tu bondad generosa y tu apertura valiente a leer la Palabra de Dios pronunciada en palabra shona y celebrada junto a este pueblo de Zimbabwe que también mira al cielo buscando una estrella que le guíe.

Hoy la Buena Noticia de Jesús martillea el oído y el corazón como un despertador mañanero. El Evangelio es, en esta ocasión, un verdadero antídoto contra todo tipo de somnolencias y opiáceos. El texto bíblico que inaugura este Adviento abre nuestros ojos y limpia nuestras legañas como un jarro de agua fría que se adelanta a la aurora y enciende el sol de la mañana. La Palabra de Dios de este domingo no puede sino encontrar su traducción encarnada en este “incansable” verbo: Kurindira.

Kurindira significa mucho más que estar despierto, implica un estado de alerta existencial. El corazón palpita con la ilusión del que espera con deseo encontrar algo nuevo y sorprendente o, tal vez, algo anhelado desde hace tiempo. Kurindira es estar con los sentidos en vigilia esperanzada. Kurindira es estar atento, vigilante, expectante…

El mundo que nos rodea nos inocula el virus de la pasividad, de la pereza, de la desilusión claudicada. Parece que en los tiempos que corren es más fácil esconder la cabeza bajo la almohada y hacer un pacto deshonesto con Morfeo. Demasiadas adormideras entontecen nuestras conciencias. Quizás, en el presente que nos ha tocado vivir, la droga más dañina y la morfina más eficiente es la comodidad que brota de la indolencia y la superficialidad. Sin embargo, nada hay más revolucionario y revulsivo que la llamada profética a un estado de vigilia oblativa y de tensión evangélica. En la versión shona del Nuevo Testamento, este verbo está conjugado en imperativo: Rindirai… O lo que es lo mismo para nosotros, hispanoparlantes: Levantaos, alzad la cabeza, despertad, manteneos en pie.

Así es nuestra fe, así es la experiencia del Dios de la Vida, así es la Buena Noticia del Reino, así es el Adviento que hoy comenzamos: un verdadero acicate para mantenernos siempre despiertos (Lc 21, 36), un valiente envió a las calles y los cruces para clamar justicia y derecho en toda la tierra (Jer 33, 15), un impulso tremendamente realista para amar con una medida rebosante (1 Tes 3, 12). Nuestra fe nos empuja, sencillamente, a un continuo kurindira.

 

Manuel Ogalla cmf

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Este Adviento, vamos “de camino a Belén”

Hace unos meses un grupo de religiosos jóvenes se puso “De camino a la Pascua”, con el deseo de ayudar a cuidar la cuaresma cada noche, abriendo el corazón. La noche del sábado 1 de diciembre comienza un nuevo camino… a Belén; necesitamos prepararnos, encontrar la estrella, adentrarnos para encontrar la Vida. ¿Te animas a caminar con nosotros este Adviento?

Como en la Cuaresma, durante este tiempo de Adviento nos gustaría poder compartir unos minutos cada noche con vosotros, para terminar el día de una forma “diferente”, a través de una pequeña reflexión, un vídeo, una canción… algo que nos pueda ayudar a avivar esa búsqueda diaria en el camino hacia Belén… Puedes acompañarnos en el blog (decaminoalapascua.wordpress.com), por Twitter (@decaminoabelen) y en Facebook (www.facebook.com/decaminoabelen).

En la Cuaresma éramos siete religiosos jóvenes de distintas congregaciones. Ahora en Adviento este grupo ha crecido en número y en diversidad. Somos 14 religiosos jóvenes, de 14 congregaciones distintas. Cada noche, hacia las 21.30 h., uno de nosotros será el que ofrezca unas huellas distintas de los pasos hacia Belén. Unas “buenas noches” diferentes…

  • Olalla González, Religiosa de María Inmaculada
  • Marina Utrilla, Religiosa de los Sagrados Corazones
  • Vicente Niño, fraile Dominico
  • Daniel Cuesta, Jesuita
  • Guzmán Pérez, Salesiano
  • Alba Rodríguez, Esclava Carmelita de la Sagrada Familia
  • Manuel Ogalla, Misionero Claretiano.
  • David Alarcón, Carmelita Descalzo
  • María Huertas, Hermana del Santo Ángel de la Guarda
  • Carlos Galán, Misionero Redentorista
  • José Miguel Fernández, Hermano de La Salle
  • Fabio Oliveira, Hermano Marista
  • Ángela Lopera, Esclava del Divino Corazón
  • Salva Jiménez, Franciscano

Así juntos, podemos ir caminando por este Adviento de camino a Belén, donde nace la Vida…

¿Caminas con nosotros?

Domingo, 1 de Abril

Domingo, 1 de Abril

Pascua: Un amor de rodillas, crucificado y más fuerte que la muerte.

A lo largo de nuestra vida hay detalles que quedan esculpidos en algún remoto rincón de nuestro corazón. Tal es el caso de una sencilla pregunta que mi madre solía hacernos a mi hermano y a mí cuando éramos pequeños: ¿Cuánto me quieres? Ante la sorpresa de la pregunta se impone la sencillez de nuestras infantiles palabras: ¡Mucho! La respuesta es obvia pero, como toda buena madre, la mía seguía insistiendo: ¿Cuánto es mucho? Entonces, en un esfuerzo agónico por extender nuestros brazos hasta poder abrazar el horizonte, intentábamos, sin éxito, explicar qué significaba “mucho”, o dar una medida satisfactoria a la cantidad de amor que sentíamos.
Aquella pregunta maternal, y quizás sin mayores pretensiones teológicas, se ha convertido para mí en la clave de bóveda para entender y saborear el misterio pascual de nuestro Dios. Todo este camino hacia la Pascua ha sido una posibilidad privilegiada para ir descubriendo cuánto nos quiere el Dios en el que creemos. Por eso también nosotros ahora podemos hacerle la misma pregunta: ¿Cuánto nos quieres? ¿Hasta dónde llega tu amor? ¿Cuál es el límite de tanta ternura?… La respuesta no puede ser otra que la que se desglosa en el broche final de la Cuaresma, el Triduo Pascual.
¿Hasta dónde puede llegar un amor que sólo se entiende de rodillas? Este amor ha tocado la frialdad del suelo y ha acariciado las heridas sangrantes de tantos pies descalzos. Este amor no tira nunca la toalla, sino que se la ciñe para amar hasta el extremo (Jn 13, 1-5). Este amor es capaz de convertir toda una vida en pan que se parte y se reparte, en vino que se derrocha a raudales, porque es un amor que hace del servicio y la entrega una fiesta continua y un brindis a la felicidad compartida (Mc14, 22-24). 
¿Hasta dónde puede llegar un amor que opta por los crucificados compartiendo su misma suerte? Este amor ha vivido al margen con los marginados, ha compartido el rechazo de los rechazados, se ha sentado a la mesa de los que mendigan y ha caminado con los que cargan con muletas. Este amor ha abrazado a quien tachaban de impuro y ha besado a quien llamaban pecadora. Éste es un amor que no claudica ante la duda y el miedo, que no se echa atrás ante la crítica y la difamación, que es fiel hasta el final, aunque su final sea una dramática muerte, aunque su final se llame Cruz (Mc 15,24).
¿Hasta dónde puede llegar un amor que es más fuerte que la muerte? Este amor ha superado todo final, ha trastocado cualquier límite, ha desbordado a borbotones toda mesura, ha saltado toda barrera y borrado cualquier frontera. Este amor ha abierto nuestros sepulcros y ha rasgado el velo que esconde la esperanza. Este amor ha roto las cadenas que nos atan y esclavizan y nos ha devuelto la libertad verdadera, la libertad creativa, la libertad que ama. Este amor hace nacer para ti y para mí un nuevo sol que inunda al mundo de una radiante claridad, iluminando hasta la noche más oscura (Mc 16, 3-4).
¿Cuánto me quiere el Dios en el que creo? Quizás para responder puedo extender mis brazos hasta abrazar el horizonte e intentar, sin éxito, dar una medida satisfactoria. Sin embargo, como cuando era pequeño e intentaba responder a la pregunta de mi madre, me basta con una sencilla palabra: Pascua.
Desde el Sur del África Negra os deseo un feliz camino hacia la Pascua.

Manuel Ogalla cmf

Domingo, 25 de Marzo

Jn 12, 20-33. El color de la tierra.

Con la belleza que brota de la cruda realidad dice un antiguo proverbio shona: «La tierra que nuestros pies están pisando es rojiza por la sangre derramada». Rojizo suele ser el color de la arena que acuna cada rincón del extenso continente africano. Esta tierra roja sabe de sufrimientos y clamores olvidados, de maltratos y abusos inhumanos, de guerras fratricidas y violencia enmascarada. Esta tierra roja tiene grabada en su piel las heridas de la historia y los latigazos de los poderosos. Las brechas que desgarran al África Negra son brillantes y dorados abismos que distancian, cada vez más, al grande y al pequeño. Esta tierra roja derrama lágrimas y acalla gritos, tiene clavadas muchas cruces y en sus adentros se entierran sueños y esperanzas.

Pero esta tierra también es roja porque está coloreada a base de pinceladas de amor hasta el extremo. El mismo amor desbordante que conmovió las entrañas maternas de Dios al ver la opresión en Egipto y oír el clamor de su pueblo (Ex 3,7). El mismo amor desgarrador y valiente que actualiza en lo concreto una fe vivida desde lo profundo y transmitida a la luz de un fuego familiar. El mismo amor que se amasa en lo cotidiano y sencillo, que sabe a sadza y muriwo, chibage y manhanga, que sabe a camino andado y hogar compartido. La tierra que nuestros pies están pisando es rojiza porque en ella han caído muchos granos de trigo que, por amor, han muerto y siguen dando fruto (Jn 12,24): Ghebre Mikha’el (Etiopía), Anuarita Nengapeta e  Isidoro Bakanja (Congo Kinshasa), Carlos Lwanga (Uganda), Victoria Rasoamanarivo (Madagascar)… Hombres y mujeres que se han desvivido amando y sirviendo. Personas que se han dejado tocar y transformar por el Evangelio. Cristianos que se han asomado al balcón del mundo y han preguntado con el profeta: «Dime centinela ¿Qué ves en la noche?» (Is 21,11). Gente, como tú y como yo, que seducida por el Reino de Dios y siguiendo al Dios del Reino, han sido verdadera Buena Noticia en medio de tantos malos augurios y un panorama desolador, han sido Vigilia Pascual en medio de tanto Viernes Santo, han sido signo de vida entre tanta muerte.

Hoy hay mucha tierra roja a nuestro alrededor que nos recuerda nuestra vocación más radical, primigenia y genuina: Dar vida. Si queremos ser coherente con nuestro ser cristiano, no podemos sino vivir como vivió Jesús, viviendo para que otros tengan vida (Jn 10,10). Estamos llamados a dar fruto para colmar a mucho ser humano hambriento, estamos llamados a tocar la debilidad y dejarnos transformar por ella, estamos llamados a comprometernos con la tierra que pisan nuestros pies, estamos llamados a ser grano de trigo que, por amor hasta el extremo, muere para dar vida.

Buenas noches y un abrazo desde el Sur del África Negra.

Manuel Ogalla cmf