Domingo, 18 de Marzo: Ndinokuda

Jn 3,14-21. Ndinokuda

Hay palabras que, sin lugar a dudas, dejan una huella importante en tu entramado emocional, palabras que te levantan y alumbran en medio de tus abismos y desconciertos, palabras que te regalan un bálsamo sanador acariciando heridas y desgarros. También existen palabras que duelen y abofetean, palabras que son flagelos que marcan la piel y el corazón, palabras que encarcelan y encierran en buhardillas olvidadas. Pero en todos los idiomas y dialectos, en todas las tierras y latitudes, en cualquier etnia y grupo humano, sólo hay una palabra que transforma y convierte, que enciende el corazón más gélido en una llama inagotable, que para la historia, trastoca sus planes y le dibuja un rumbo diferente. Sólo hay una palabra que arropa al mundo en un manto de ternura creando una tierra nueva y un cielo nuevo…

¡Ndinokuda! I love you. Je t’aime. Ti amo. Ich liebe dich… Ya sea en inglés, francés, alemán o shona, tan sólo un “te quiero” puede conmover los cimientos de nuestro suelo y nuestro cielo. Por eso el Dios en el que creemos, para hacer de su pueblo, de sus hijos, de su creación, el regazo materno donde se mece acurrucado su proyecto de vida plena, teje con nosotros una apasionante historia de amor, episodios de encuentros y desencuentros en los que se desvive en cada gesto y en cada detalle. Desde el primer «Hágase la luz» (Gn 1,3) Dios ha ido balbuciendo su “te quiero” a lo largo de cada acontecimiento: Te… quie… ro…

Y cuando parecía que tanto derroche de amor ya no podía caber en la historia, cuando el límite de tanto amor ilimitado se estremecía y rebosaba, cuando tanto amor parecía hacerse inabarcable, incomprensible, incalculable… Fue entonces cuando Dios pronunció su “te quiero” definitivo: Jesucristo. «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único […] para que el mundo se salve por él» (Jn 3, 16a. 17b). En Jesús, el te quiero de Dios, la historia encuentra su punto culminante; la humanidad, su horizonte último de sentido; el mundo, el mayor abrazo que le ha regalado el Padre; la vida, su donación más sublime; la belleza, su manifestación más hermosa. Y tú y yo encontramos nuestra verdad más profunda, porque es la verdad que brota del amor más grande, el amor que nos transforma y convierte, que enciende nuestro corazón más gélido en una llama inagotable, que para nuestra historia, trastoca sus planes y le dibuja un rumbo diferente, que arropa nuestro mundo en un manto de ternura creando, para nosotros, una tierra nueva y un cielo nuevo.

Un “Ndinokuda” ha llenado de felicidad mi vida. ¿Por qué no también la tuya? Buenas noches y un abrazo desde el Sur del África Negra.

Manuel Ogalla cmf

PD: A mis pequeñas criaturitas de Dios, los teólogos en potencia: Gracias.

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Un pensamiento en “Domingo, 18 de Marzo: Ndinokuda

  1. ¡Qué bonita y profunda reflexión, Manuel!
    Cuando intuyes un poco el Amor que Dios nos tiene, lo cierto es que te deja tambaleando y sin palabras. Notas hasta físicamente cómo tu corazón se encoge, se hace más vulnerable y tierno; después necesitas respirar, desde lo hondo,… quedarte bajo su presencia en silencio y… maravillarte.

    Señor, Dios nuestro:¿Qué es el hombre para que te enamores de él?

    Muchas gracias y buenas noches.

    P.D. Me encanta la foto del niño, ¡cuánta ternura inspira! Cómo no decirle: ndinokuda

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