Kurindira, estar despiertos

Lc 21, 25-28. 34-36. Kurindira, estar despiertos.

Como la gran mayoría de las culturas africanas, el pueblo shona se ha forjado al calor de la palabra. La tradición oral ha sido, para incontables generaciones, alma y aliento del imaginario colectivo; pluma y tinta de la sabiduría que brota de los desgarros de tierra y piel; memoria y proyecto que se funden en el ahora eterno de un fuego de hogar. Experiencia pronunciada, narrada, contada… historia verbalizada, vida hecha relato. El pueblo shona se ha forjado al calor de la palabra. Y entre las palabras sorprenden por su riqueza, su profundidad y su valor semántico, el océano inmenso de los verbos. En este país africano donde vivo y crezco, tan sólo un verbo puede resumir un maremágnum de sentimientos, describir la complejidad de un absurdo y desgranar hasta el extremo el menor de los detalles.

Por eso el corazón me empuja a intentar concentrar en un verbo la hondura que podemos admirar en cada domingo de este tiempo de Adviento. Espero con esperanza cristiana y confío con confianza de hermano que la pretensión de este deseo camine hasta Belén, querido lector, acompañado de tu bondad generosa y tu apertura valiente a leer la Palabra de Dios pronunciada en palabra shona y celebrada junto a este pueblo de Zimbabwe que también mira al cielo buscando una estrella que le guíe.

Hoy la Buena Noticia de Jesús martillea el oído y el corazón como un despertador mañanero. El Evangelio es, en esta ocasión, un verdadero antídoto contra todo tipo de somnolencias y opiáceos. El texto bíblico que inaugura este Adviento abre nuestros ojos y limpia nuestras legañas como un jarro de agua fría que se adelanta a la aurora y enciende el sol de la mañana. La Palabra de Dios de este domingo no puede sino encontrar su traducción encarnada en este “incansable” verbo: Kurindira.

Kurindira significa mucho más que estar despierto, implica un estado de alerta existencial. El corazón palpita con la ilusión del que espera con deseo encontrar algo nuevo y sorprendente o, tal vez, algo anhelado desde hace tiempo. Kurindira es estar con los sentidos en vigilia esperanzada. Kurindira es estar atento, vigilante, expectante…

El mundo que nos rodea nos inocula el virus de la pasividad, de la pereza, de la desilusión claudicada. Parece que en los tiempos que corren es más fácil esconder la cabeza bajo la almohada y hacer un pacto deshonesto con Morfeo. Demasiadas adormideras entontecen nuestras conciencias. Quizás, en el presente que nos ha tocado vivir, la droga más dañina y la morfina más eficiente es la comodidad que brota de la indolencia y la superficialidad. Sin embargo, nada hay más revolucionario y revulsivo que la llamada profética a un estado de vigilia oblativa y de tensión evangélica. En la versión shona del Nuevo Testamento, este verbo está conjugado en imperativo: Rindirai… O lo que es lo mismo para nosotros, hispanoparlantes: Levantaos, alzad la cabeza, despertad, manteneos en pie.

Así es nuestra fe, así es la experiencia del Dios de la Vida, así es la Buena Noticia del Reino, así es el Adviento que hoy comenzamos: un verdadero acicate para mantenernos siempre despiertos (Lc 21, 36), un valiente envió a las calles y los cruces para clamar justicia y derecho en toda la tierra (Jer 33, 15), un impulso tremendamente realista para amar con una medida rebosante (1 Tes 3, 12). Nuestra fe nos empuja, sencillamente, a un continuo kurindira.

 

Manuel Ogalla cmf

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