Domingo 24 de Febrero: de montes y valles

De montes y valles

Jesús el de Nazaret articulaba la cotidiana originalidad de sus días, el ritmo ordinario de su tiempo siempre extraordinario, moviéndose entre dos puntos de equilibrio. El Maestro entendía su ministerio desde dos ejes de referencia, entre dos vectores que alentaban y sostenían su decir y su hacer. Dos enclaves geográficos van a dar forma a su misión y van a modelar la figura de su existencia.

En primer lugar sus subidas al monte. La cima de la montaña, un aprisco solitario, alguna cumbre acurrucada entre nubes, aquel altozano embajador de la tierra en las alturas… Jesús no entiende su vida si no es acompasada por sus largos tiempos en la escuela de Moisés y Elías, en la escuela de la montaña seducido por el susurro divino de la suave brisa. Desde el Tabor hasta el Gólgota, desde el monte de las Bienaventuranzas hasta el monte de los Olivos. El origen y meta del ministerio de Jesús se enraíza en el monte. Subir al monte es dejarse transformar a la escucha de la Palabra. Subir al monte es sinónimo de silencio orante, de discipulado existencial rumiando la voluntad de quien lo envía. El monte es el lugar donde se transfigura toda la existencia de Jesús, donde su vida se vuelve absolutamente transparente al Misterio, donde su rostro proclama la ternura desbordante de Dios, donde su corazón se inflama al saborear el amor de un Padre por su hijo.

No hay monte sin valle, no hay sierra sin vega, no hay altura trascendente sin llanura que humaniza. Es imposible hablar del Jesús orante en la montaña separado del Jesús atareado en el lago. El segundo referente en la existencia de Jesús es la orilla del mar de Galilea, el lugar donde encuentra suelo firme su honda experiencia de Dios. El lago de Tiberíades es sinónimo de sudor y fatiga, de compromiso y testimonio, de parábolas y milagros, de preocupaciones y satisfacciones, de familia y amigos. Si el monte transfigura el rostro, el valle configura las manos. Si el monte blanquea la ropa, el valle embarra las sandalias. Si en el monte habla a Dios de la gente, en el valle habla a la gente de Dios. Bajar a la llanura es participar de las alegrías y los sufrimientos de los vecinos de Cafarnaún; bajar a la llanura es compartir el sol abrasador de la labranza y el salitre que quema la piel en la pesca; bajar a la llanura es entrar en las casas y sentarse a la mesa.lago 3

Subir al monte y bajar al valle transfiguraba y configuraba la existencia de Jesús. Quizás nos toca también a nosotros, especialmente en este tiempo de Cuaresma, otear nuestros valles desde el monte y apuntar al monte desde nuestros valles. Quizás esta Cuaresma sea el tiempo privilegiado para dejarnos transfigurar por Dios y configurar por nuestros vecinos. Quizás sea este el momento de recordar que nuestra realidad como creyentes, que nuestra dinámica de fe, es vivir una historia de montes y valles.

Manuel Ogalla cmf

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