Domingo, 25 de Marzo

Jn 12, 20-33. El color de la tierra.

Con la belleza que brota de la cruda realidad dice un antiguo proverbio shona: «La tierra que nuestros pies están pisando es rojiza por la sangre derramada». Rojizo suele ser el color de la arena que acuna cada rincón del extenso continente africano. Esta tierra roja sabe de sufrimientos y clamores olvidados, de maltratos y abusos inhumanos, de guerras fratricidas y violencia enmascarada. Esta tierra roja tiene grabada en su piel las heridas de la historia y los latigazos de los poderosos. Las brechas que desgarran al África Negra son brillantes y dorados abismos que distancian, cada vez más, al grande y al pequeño. Esta tierra roja derrama lágrimas y acalla gritos, tiene clavadas muchas cruces y en sus adentros se entierran sueños y esperanzas.

Pero esta tierra también es roja porque está coloreada a base de pinceladas de amor hasta el extremo. El mismo amor desbordante que conmovió las entrañas maternas de Dios al ver la opresión en Egipto y oír el clamor de su pueblo (Ex 3,7). El mismo amor desgarrador y valiente que actualiza en lo concreto una fe vivida desde lo profundo y transmitida a la luz de un fuego familiar. El mismo amor que se amasa en lo cotidiano y sencillo, que sabe a sadza y muriwo, chibage y manhanga, que sabe a camino andado y hogar compartido. La tierra que nuestros pies están pisando es rojiza porque en ella han caído muchos granos de trigo que, por amor, han muerto y siguen dando fruto (Jn 12,24): Ghebre Mikha’el (Etiopía), Anuarita Nengapeta e  Isidoro Bakanja (Congo Kinshasa), Carlos Lwanga (Uganda), Victoria Rasoamanarivo (Madagascar)… Hombres y mujeres que se han desvivido amando y sirviendo. Personas que se han dejado tocar y transformar por el Evangelio. Cristianos que se han asomado al balcón del mundo y han preguntado con el profeta: «Dime centinela ¿Qué ves en la noche?» (Is 21,11). Gente, como tú y como yo, que seducida por el Reino de Dios y siguiendo al Dios del Reino, han sido verdadera Buena Noticia en medio de tantos malos augurios y un panorama desolador, han sido Vigilia Pascual en medio de tanto Viernes Santo, han sido signo de vida entre tanta muerte.

Hoy hay mucha tierra roja a nuestro alrededor que nos recuerda nuestra vocación más radical, primigenia y genuina: Dar vida. Si queremos ser coherente con nuestro ser cristiano, no podemos sino vivir como vivió Jesús, viviendo para que otros tengan vida (Jn 10,10). Estamos llamados a dar fruto para colmar a mucho ser humano hambriento, estamos llamados a tocar la debilidad y dejarnos transformar por ella, estamos llamados a comprometernos con la tierra que pisan nuestros pies, estamos llamados a ser grano de trigo que, por amor hasta el extremo, muere para dar vida.

Buenas noches y un abrazo desde el Sur del África Negra.

Manuel Ogalla cmf

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Un pensamiento en “Domingo, 25 de Marzo

  1. Leo y medito tus palabras y pienso: Intuimos algo de lo que va todo esto de seguir a Jesús, pero estamos todavía muy lejos, hay que mojarse más para que realmente el Evangelio zarandee nuestros corazones dormidos y tiña de auténtico rojo nuestras palabras y gestos. Es como si estuviéramos al otro lado del puente, o en una nube, o como si viéramos los toros desde la barrera.
    Aún nos queda mucho para morir por amor y dar fruto.
    Muchas gracias, Manuel, por tu reflexión que consigue arañarme por dentro.
    Buenas noches.

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