Termina un año, preparamos la cena, las uvas, el cotillón y nos deseamos un feliz año nuevo. Pensamos en lo que nos ha traído el año, los triunfos y los fracasos, las alegrías y las penas. Recordamos a los que estaban y ya no están, vemos a gente nueva que empieza a formar parte de nuestra vida. Nos damos cuenta de las cosas que han cambiado desde el año pasado, o tal vez tenemos la sensación de que el tiempo ha pasado muy deprisa y apenas ha cambiado nada.

Quizá, en medio de todo el barullo de fiesta, evaluación, recuerdos y propósitos, sea un buen momento para recordar el paso de Dios por nuestro año 2012, y de prepararnos para acogerle mejor a lo largo del 2013.

“El año se acaba. Empieza otro.

Más que voluntariosos propósitos, es tiempo para una propuesta: ¿Por qué no dedicar, antes del champán, el turrón y las felicitaciones, un buen tiempo a “mirar”?

Ignacio de Loyola, ante la Encarnación, propone contemplar:

1- “Cómo las tres personas divinas miraban toda la planicia o redondez de todo el mundo llena de hombres”. 

Sugerimos mirar a nuestro mundo con ojos de Dios, llenos de ternura y compasión ante tanto horror y sufrimiento, y de deseo ante tanto esfuerzo y generosidad.

2- En concreto “ver las personas (…) de la haz de la tierra, en tanta diversidad, así en trajes como en gestos: unos blancos y otros negros, unos en paz y otros en guerra, unos llorando y otros riendo, unos sanos, otros enfermos, unos naciendo y otros muriendo”. 
Podemos ver las personas de nuestra historia durante este 2012, nuestro tiempo y experiencias, nuestros progresos y fracasos con ellos, sus preocupaciones, las nuestras, esperanzas y regalos inesperados…

3- Y después, de nuevo “ver y considerar las tres personas divinas como en su solio real o trono de su divina majestad, cómo miran toda la haz y redondez de la tierra”. Un rato final para ahondar en el deseo de este Dios que se vuelve a agachar para este 2013: qué desea ante todo lo visto, a qué me desea…

¿Por qué no dedicar un tiempo a hablarle de ello, como a un amigo, o incluso a escribir este diálogo…?”  (www.espiritualidadignaciana.org)

¡Feliz Año Nuevo a todos!

Dani Cuesta SJ

AL TERMINAR UN DÍA QUE PROMETE…

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En este momento en que toca ya recoger un día como hoy, como es Navidad, me doy cuenta de que tengo ganas de abrazar a mis padres, a mi hermano Aitor, a Mariam (su novia)… Tengo ganas de volver a ver a Amama, aunque cueste ver cómo se va deteriorando, y de conocer a Aritz, el hijo de mi primo Iván que nació hace apenas dos meses. No sé muy bien cómo poder explicarte que más que deseos son promesas, porque tienen una base de realidad, de posibilidad…

Si miras para dentro, hacia tu corazón, es posible que descubras que, efectivamente, son las promesas las que nos mueven, que es la esperanza la que las alimenta y que nos plenifican cuando ponen en juego la energía más importante que hay en nosotros y que, además, viene directamente de Dios: la necesidad de amar y ser amados.

Toda la Humanidad se ha mantenido por promesas, por sueños que, vinculados a la realidad, podían hacerse reales: es la base de los descubrimientos de la ciencia, del deseo de emprender un negocio, de la formación de una familia, del trabajo… El pueblo de Israel y la historia del cristianismo no podían ser diferentes.

El que hoy celebremos la Navidad no es casualidad. Los estudiosos apuntan a que el hecho de que sea un 25 de diciembre no es aleatorio sino que responde a la probable cristianización de la fiesta romana del sol invicto, el solsticio de invierno. Luego, los cristianos de los primeros siglos sabían perfectamente que en Navidad no celebraban el “cumpleaños” de Jesús.

Y los propios textos evangélicos que leemos estos días, sacados de Lucas y Mateo, son posteriores al resto del Evangelio, y responden a un género literario (como géneros son el teatro, la novela, la poesía…) muy concreto en la cultura judía: el Midrash. Leer literal e históricamente el texto para intentar descubrir y discutir si efectivamente pasó esto o lo otro, es usar el texto para lo que no fue escrito, puesto que a través del Midrash, los Evangelios recuperaron las tradiciones judías más antiguas (desde la genealogía de Jesé, hasta el nacimiento del rey David en Bethelem, “casa del pan”, pasando por la concepción virginal de los dioses y la adoración de los magos) para decir simple y llanamente: este Jesús del que leeréis en estos Evangelios es, efectivamente, Dios, y es el Mesías, la promesa que esperábamos, nuestro liberador.

Navidad es el tiempo en que las promesas de Dios se hacen realidad. No sé cómo habrás vivido tu Adviento, pero tómate un tiempo (ahora ya después de misas, comilonas, luces y regalos) y relee las promesas que te ayudaron a soñar Olalla, Marina, Vicente, Carlos, Salva, María, Fábio, Manu, Alba, Ángela, Dani, Guzmán, David… Hablaban de justicia, de verdad, de ponerse en el pellejo del otro, de amor, de entrega, de sencillez en la vida, de estar al lado de los que nos necesitan, de Dios… Y son promesas porque son posibles, porque son reales.

Y, ¿tú? ¿Cuáles son las promesas con las que sueñas, en las que esperas? Pues hoy es Navidad. Eso sí, no esperes que Dios sea el mago que arregla problemas o el “Fortasec” que termina con nuestras indigestiones… Su fuerza está en la dinámica del amor que se da y que se recibe: la suya no es una promesa a medias… Para tu vida, la suya es una promesa de plenitud.

Josemi, fsc

Quiero terminar agradeciéndote este camino que hemos hecho juntos, y te dejo este vídeo para que también puedas orar, pensar… http://www.youtube.com/watch?v=9-wLFgsu67A

Dejar la Navidad en pañales

«Esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales
y acostado en un pesebre» (Lc 2,12)

Cuando apenas faltan unas horas para que celebremos en familia —o en comunidad— la Nochebuena, quiero hacer un llamamiento a todos los que en esta noche tan especial hacemos memoria del Niño Dios: dejemos la Navidad en pañales.

La Navidad es Jesús, la Nochebuena es Jesús: el niño envuelto en pañales, nacido en un pesebre, porque no había sitio en la posada. Seguramente le hemos puesto al niño Jesús tanta ropa (o tantos “disfraces”, mejor dicho), que nos hemos despistado e incluso olvidado de que Él es el centro de este misterio de la Navidad. Jesús… nada más (y nada menos). Nuestra navidad tiene tantos adornos, tanta parafernalia, tantos “envoltorios”, que es fácil quedarse en la superficie y celebrarla al margen de Jesús.

Aunque la alegría de la fiesta y el sentido de familia sean muy importantes en estos días, lo son precisamente porque Dios se hace Dios-con-nosotros. Porque nos ama, y punto. Y la señal que nos muestra este inabarcable misterio de Amor es un niño envuelto en pañales. Un frágil recién nacido, la inmensidad de Dios hecha carne… ¡Qué cosas tiene nuestro Dios! Y algunos todavía piensan que Dios está muy lejos de nosotros…

Busquemos un hueco esta tarde, esta noche, o mañana, o en los próximos días, para acercarnos en silencio a contemplar este gran Misterio. Busquemos un nacimiento en alguna iglesia cercana, o junto al belén de nuestra casa, y contemplemos al Niño en pañales. Dejemos que brote en nosotros el agradecimiento a Dios por este gran Regalo que nos ha hecho: su Hijo. Y acerquémenos a Él sin ocultarle nada, tal y como somos, sin disfraces, también “en pañales”… Quitemos todos los “ropajes” que hemos puesto a la Navidad. Y así podremos acercarnos con corazón generoso a esos niñosjesús que sufren la debilidad, el abandono, la soledad, la marginación… Dejemos la Navidad en pañales.

Feliz Navidad

Guzmán Pérez, sdb

Cosas pequeñas

Hay cosas pequeñas, de todos los días, que en alguna ocasión se vuelven grandes en nuestro interior… Esto es lo que les pasa a estas dos mujeres que se encuentran: María e Isabel. El saludo de María hace saltar a la criatura del vientre de Isabel. Una “visita” puede parecer algo insignificante y pasar desapercibido, pero también puede convertirse en algo grande. Esto ocurrió porque Isabel supo percibir en el saludo de María algo especial: una presencia portadora de vida.

Nuestra vida y en especial el tiempo de la Navidad, está llena de encuentros, quedadas, visitas… a veces sin ninguna repercusión en la vida, otras que se quedan grabadas para siempre y otras muchas veces ni siquiera sabemos lo que nuestra presencia puede provocar en el interior de la otra persona, o lo que se despierta en nosotros al sentirnos cerca de alguien a quien apreciamos.

Vivimos entre vidas marcadas, llenas de heridas, de dolores enquistados, de tristezas y sin sentidos…  Nos vendrán a la cabeza algunos rostros de personas llenas de cicatrices, de las que quizás no conozcamos ni sus nombres, que nos han dejado entrar en sus vidas abriéndonos las puertas de su “casa”. Experiencias que se quedan bien grabadas como un sello en nuestro recuerdo y corazón. Cuando hemos podido sentir cómo nuestra presencia es portadora de una pizca de vida, al  despertar un hilo de esperanza cuando abrazamos la vida sin sentido de aquel que tanto necesita ser escuchado y acogido.

De la misma manera que se quedan grabadas las experiencias propias de haber sido acogidos incondicionalmente. Algunas de estas heridas comienzan a cicatrizar desde dentro, desde casa, con los “de casa”, los que forman parte de nuestra vida. Muchos nombres nos vendrán a la cabeza y al corazón de personas que nos han ayudado a salir, cicatrizando nuestras heridas con la mejor medicina, el cariño de un saludo como el de María, la ternura de una palabra dicha en el momento más oportuno como la de Isabel, la  fortaleza recibida a través de un abrazo…

Y es que creo que podemos acoger, porque Él nos ACOGIÓ primero. Jesús es capaz de eso y más, a través de personas que pone en nuestro camino nos regala todo lo mejor que tiene, si le dejamos pasar. Sólo hay que abrir los ojos, mirar alrededor, afinar nuestros sentidos y saber percibir su “visita”, esas presencias que nos “salvan”. Simplemente sabiendo que desde lejos o desde cerca, están a nuestro lado acompañándonos en cada paso que damos.

Él viene a visitarnos, sabe llegar y tocar lo que más necesitamos. Sabe hacer de lo de siempre algo nuevo y esto es una suerte poder y saber percibirlo.

María Huertas, SAC.

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Entre el ruido, las luces y la gente

Entre el ruido, las luces y la gente

 

Hay veces que demasiado ruido hace que no escuchemos nada, que demasiado luz hace que no veamos, y que demasiada gente hace que no encontremos a nadie… Necesitamos entonces taparnos los oidos y buscar el silencio, cerrar los ojos y buscar la oscuridad, apartarnos de la gente y quedarnos solos…

Estos dias de Navidad en los que estamos ya metidos, a dos días de Nochebuena, son días de todo eso, ruido, villancicos, risas, música, jolgorio, luces, velas, bombillas, amigos, familia, conocidos, gente a raudales por las calles, fiestas, cenas, comidas, regalos… ¡y está muy bien! Disfrutar de las cosas buenas de la vida es un regalo de Dios, compartir nuestra alegría y felicidad está más que muy bien, porque la alegría y la vitalidad son contagiosas y hace falta llevar algo del brillo de la Navidad al mundo…

Pero no se nos puede olvidar cuál es el verdadero brillo de la Navidad, no podemos olvidarnos, entre el ruido, las luces y la gente, de qué es lo que celebramos… que llega y nace el salvador del mundo, el Hijo de Dios que se hace Hombre por amor, para traer la vida que no se agota, para decirnos qué es ser seres humanos… y que viene especialmente para los que más sufren, para los que no cuentan, para los que nadie quiere…

Asi que antes de que llegue el lunes, la Nochebuena, os propongo esta noche dos cosas para hacer durante las fiestas y no perdernos entre las luces, las gentes y los ruidos, y asi saber dónde está el centro de la Navidad. Una que podamos buscar un hueco para estar simplemente en silencio, solos, a oscuras, dejando que sea Dios el que venga a nosotros, un momento que nos recuerde dónde está el centro de la Navidad. Y dos, que no nos olvidemos de todos los que no viven estos dias entre ruido, luces y gentes: de las personas sin hogar, de los presos, de los emigrantes que tienen lejos a sus familias, de los drogadictos, de los enfermos que pasarán estos dias en un hospital, de los que sufren el azote de la crisis, de los que han perdido sus casas, sus trabajos o sus familias, de quienes viven en la tristeza y la angustia o el miedo, de quienes no saben cómo seguir adelante, de los que han dejado ya de preguntarse cómo salir de esta… Para ellos son para quienes vino primero el Señor, y nosotros a quienes dejó encargados de cuidarlos y atenderlos…

Ahí está el verdadero brillo de la Navidad, entre el ruido, las luces y la gente, escondido, sin hacer mucho ruido, viniendo para sanar los corazones heridos, ahí está el Señor.

Feliz Navidad a todos.

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Fr. Vicente Niño Orti, OP

UNA MIRADA EN EL TIEMPO

UNA MIRADA EN EL TIEMPO
Parece que ahora que estamos más cerca de Navidad nos llenamos con mil historias. El cansancio, la rutina, el estrés se hacen presentes en nuestra vida quitándonos la ilusión y mellando la alegría. Pero no solo ahora, sino en muchas ocasiones a lo largo de nuestro día a día. Tenemos muchas veces la sensación de no vivir con intensidad el momento presente. De querer adelantarnos.
La vida se compone de tiempo y de momentos. No nos gusta perder el tiempo, pero muchas veces y de manera inevitable se nos escapa de las manos. El tiempo es un bien, que se puede invertir o gastar. Pero no puede guardarse; debe ser empleado.

No sé si te has parado un momento a pensar que cuando hablamos de ”tiempo” en griego encontramos dos palabras: Cronos y Kairos. Cronos es el tiempo secuencial y cronológico, es el tiempo humano, vital. El tiempo de Dios es Kairos, y significa momento oportuno, el momento de la gracia.
Fijando nuestra mirada en el reloj pasamos por los tiempos fuertes como si los tiempos fuertes no pasaran por nuestra vida. Eso ocurre con el adviento. Nos movemos entre el “cronos” sin dejar espacio al kairos, es decir, al tiempo de gracia vivido desde el Señor que viene.

Adviento, es el tiempo en el que Dios irrumpe en lo cotidiano de cada día para llenar nuestros minutos de esperanza, de alegría ante su pronta llegada. Es un tiempo propicio para parar, y para mirar cómo es nuestro tiempo. Es Jesús el que quiere que nuestro tiempo sea vivido desde Él. Solo así, seremos portadores de esa esperanza que hace nuevas todas las cosas. Si hacemos de nuestro tiempo un kairos estaremos dejando que Jesús entre a nuestras vidas y sea el protagonista de ella, haciendo de cada uno de nosotros una luz que alumbra en medio de un tiempo cargado en muchas ocasiones de pesimismo.

Y los niños saben mucho de eso. Hacen todo con la intensidad que solo un corazón humilde y dócil lo sabe hacer. Con solo su presencia son capaces de trasformar todo lo que les rodea haciendo de “ese tiempo” un tiempo especial. Ellos viven el tiempo en el presente como un tiempo perfecto, no se procuran por futuro.

Tal vez el Adviento nos invita a vivir nuestro día a día con intensidad, sabiendo reconocer el paso de Dios por nuestras vidas como ese momento perfecto, oportuno que era el que tenía en la mente Dios y no en nuestra mente. Sabemos que no se puede planear, pero si que debemos estar en comunión con Dios, para saber aprovecharlo y apreciarlo.

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20 de Diciembre – “Cansinear” a Dios

Isaías 7,10-14
En aquellos días, el Señor habló a Acaz: -«Pide una señal al Señor, tu Dios: en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo.»

Respondió Acaz: – «No la pido, no quiero tentar al Señor.»

Entonces dijo Dios: – «Escucha, casa de David: ¿No os basta cansar a los hombres, que cansáis incluso a mi Dios? Pues el Señor, por su cuenta, os dará una señal: Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”.

7321304272_944f738070_mSí, hermanos y hermanas, el Emmanuel se hace hombre, Dios se hace carne y viene a la tierra porque somos unos “CANSINOS“.  No nos basta cansarnos entre nosotros que cansamos incluso a Dios. Cansados hasta para pedirle una señal a Dios, ¡qué ya es decir!.

Todo el día con perezas: para poner en marcha un proyecto, para darle la vuelta a la situación con un amigo, para llamar a aquella persona que lo necesita. Todo el día cansados de vivir porque no vemos la parte hermosa de lo que hacemos, porque vivimos arrastrándonos de una actividad a otra y sólo nos fijamos en el cansancio del camino, olvidando el gusto de la obra bien hecha, del trabajo acabado, de la paz reconstruida, de la cumbre alcanzada a base de subir ladera.

Hasta que, al final, cansamos incluso a Dios, y se dice a Sí mismo: “Voy a darles una señal porque si no van a ser incapaces de salir de su propia espiral de cansancio”. Y, a través del profeta, nos comunica la mejor noticia, la que obliga a ponerse a cada uno de pie, la que pide una respuesta no de “cansineo” sino de diligencia, de ilusión, de arrojo: “Voy a hacerme uno de vosotros, para acompañaros en el camino, para que encontréis en mí descanso, para que veáis más allá de la inquietud de la vida, el misterio profundo y bello que encierra. Voy a esconderme en la carne para que aprendáis a mirar”.

Como aquellos “cansinos” del siglo VII a.C. (con los que tuvo que lidiar Isaías), nuestros “cansineos” del  siglo XXI d.C. siguen “obligando” a Dios a encarnarse.

Buenas noches, a 4 días de la Mejor Noche, la Nochebuena.

H. Alba, ecsf