Domingo I de Cuaresma: El Desierto

Mc 1, 12-15. Gwenga inzvimbo yekusangana naMwari

Si esta noche soñáramos con una escena romántica, muy probablemente aparecerá una puesta de sol, un banco en algún parque, un paseo tranquilo por alguna vereda arbolada, o cualquiera de los escenarios pastelosos que nos regalan las taquilleras películas americanas. Por el contrario, me sorprendería bastante si en nuestro sueño apareciera un “desierto”. Cuesta imaginarse a Hugh Grant y a Julia Roberts sorteando dunas para poder encontrar un rincón entrañable.

Y es que hablar de desierto, sobre todo en Cuaresma, tiene muy mala prensa. Arena, piedras, calor, sequía, escorpiones y alimañas por el estilo, soledad, aburrimiento, desesperanza… Muchas de estas palabras recorren nuestro imaginario colectivo cuando pronunciamos la palabra “desierto” (hasta se nos seca la boca). Sin embargo, el desierto en clave bíblica esconde una belleza increíble, una hondura insondable y un verdadero romanticismo vivido desde lo profundo. Basta asomarse a la experiencia del profeta Oseas: Lejos de concebirlo como el rincón de los solitarios, el desierto es para el profeta el lugar privilegiado para el Encuentro (Os 2,16-25). Desierto es sinónimo de seducción, de enamoramiento, de abrazos a raudales, de intimidad acompañada, de complicidad y esperanza. Dios habla a su pueblo en el desierto y en el desierto el pueblo escucha a su Dios.

Seguramente fuera esta la imagen que el evangelista Marcos tendría en su cabeza cuando nos narra que Jesús, justo después de ser bautizado en el Jordán, pasa 40 días en el desierto. Jesús hace del desierto el verdadero lugar de encuentro con su Dios, el lugar donde pasa por el corazón las palabras de su Padre: “Tú eres mi hijo amado, mi preferido” (Mc 1,11), el lugar donde saborea el derroche de ternura que ha abierto todo un cielo para él, el lugar donde descubre que, más allá de tentaciones y debilidades, de miedos y flaquezas, el amor es siempre más fuerte.

Así lo diría en Zimbabwe el pueblo shona, el pueblo que me acoge y enseña: “Gwenga inzvimbo yekusangana naMwari”. Ojalá vivamos esta Cuaresma como un desierto al más puro estilo bíblico, es decir, el lugar donde saborear la ternura de nuestro Dios, donde redescubrir la esperanza, donde se abre el cielo para nosotros… Un verdadero nzimbo yakusangana naMwari, un lugar para el Encuentro con Dios.

Buenas noches y un abrazo desde el Sur del África Negra.

Manuel Ogalla cmf

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